Críticas
ÓPERA ORFEO Y EURÍDICE TEATRO COLÓN
POR: LAURA FERRARINI
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  • 10 de Noviembre de 2019
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TEATRO COLÓN

ORFEO Y EURÍDICE

CHRISTOPH WILLIBALD GLUCK

ÓPERA EN TRES ACTOS (1762)

 

DIRECTOR MUSICAL: MANUEL COVES

DIRECTOR DE ESCENA Y COREÓGRAFO: CARLOS TRUNSKY

DIRECTOR DEL CORO ESTABLE: MUGUEL MARTINEZ

DISEÑO DE VESTUARIO: JORGE LOPEZ

DISEÑO DE ILUMNACIÓN: RUBEN CONDE

 

REPARTO

ORFEO: DANIEL TAYLOR

EURÍDICE: MARISÚ PAVON

AMOR: ELLEN MC ATEER

 

BAILARINES INVITADOS

CORO ESTABLE

ORQUESTA ESTABLE

 

Crónica del domingo 10 de noviembre.

 

“Todo lo sufriré por ella

Y desafiaré todas las penas…”

Orfeo

Que maravillosa historia de amor, esta de Orfeo y su Eurídice: estar dispuesto a sacrificarse, a viajar hasta el mismo infierno por el amado.

El mito nos deja una enseñanza que se replica en la vida, porque seguro no vamos a darnos una vuelta por el infierno pero cuantas cosas hacemos en la cotidianeidad por la persona que nos robó el corazón.

Una vez le preguntaron a S.C. Lewis (autor de las Crónicas de Narnia) qué significaba el ropero lleno de tapados de piel por el que los niños llegan a este mundo mágico. Algunos decían que era un Edipo no resuelto, y varias teorías rebuscadas hicieron reír al autor. Dijo: solo se me ocurrió.

Tratar de buscar teorías psicoanalíticas y dejar de lado lo importante parece ser un recurso de estos tiempos.

Porque justamente eso es lo que hizo que esta puesta no funcione. Al final de cuentas no se terminaba de entender lo que se estaba viendo. Si bien es una de la óperas más plásticas que hay (me rememora el Macbeth de Shakespeare) hay que cuidar las libertades que nos tomamos.

No se entendían las marcas actorales. El vestuario, las coreografías. Todo parecía la suma de ocurrencias, a ver si funciona esto?

El escueto recurso escenográfico de la escalera tipo Escher no alcanzó para colmar las expectativas de la mayor sala lírica de la Argentina.

Una puesta necesita, por sobre todo, coherencia estética, y aquí no se entendió la propuesta. No me quiero detener en “me gusto” o “no me gustó”. No la entendí ni leyendo la idea en el programa de mano.

Tampoco ayudó la elección del elenco, el sonido de la orquesta ni del coro.

Todo era inconexo.

El coro tenía un sonido más próximo al empaste del Requiem de Mozart (y sí, me van a decir, no deja de ser un réquiem la primera parte) pero si se tiene una orquesta con estas cualidades estilísticas y cantantes más ligeros la idea es tratar de igualar sonoridades, no quebrarlas con un color tan denso.

Si bien me gustó la batuta de Manuel Coves, en todo el cuadro general, no lució.

Maria Callas decía que odiaba a los tenores que “cantaban en pantuflas” y se las sacaban para los últimos compases o para los agudos, en el caso de Daniel Taylor me pareció eso. Anduvo, el pobre, de traje buscando a su amada, rodeado de personajes que no se condecían en lo más mínimo -por ejemplo: todos los bailarines están maquillados de gris (puede ser una alusión a la costumbre de tirarse ceniza de oriente en el luto) y él estaba rozagante, salido de otra puesta- pero en los últimos compases del final sacó un sonido potente que recorrió la sala y prendió el aplauso del público que, vamos a decirlo, no aplaudió ningún aria ni cuadro durante la ópera, lo que evidentemente obligó a Taylor a “poner la carne al asador”. Todo este momento se vio muy extraño desde arriba (los puestistas producen para la platea nada más?) parecía que cantaba sobre la claraboya de un baño, el cuadrado con un plástico desmereció la escena por completo. Tampoco me gusta tanto el quiebre entre la voz de contratenor y los graves de pecho, sonaban muy desparejos.

Marisú Pavon es una reconocida cantante que interpretó vocalmente una Eurídice impecable, redondeada, pareja, aterciopelada; pero que hay que cuidar mucho en las marcas actorales. Realmente la marca del final de la ópera, que hacen al personaje empezar a interactuar con los bailarines de manera vulgar al punto de dejar solo sobre el escenario al pobre Orfeo preguntándose que fue todo eso, arruinó la belleza de una partitura maravillosa, moderna y adelantada a su época.

Ellen Mc Atter fue un correcto amor, pero creo que por estas pampas hay cientos de sopranos ligeras que harían mejor mérito sobre el Teatro Colón.

En fin, me quedo con el espíritu innovador de una obra que marco a la gran ópera. Hoy, pienso qué puesta hubiera elegido Gluck, tan moderno para sus contemporáneos, tan avanzado para su época, claro, con la idea del amor sacrificado, al fin de cuentas, soy una romántica.

Laura Ferrarini

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